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Civilizados bárbaros o Bárbaros civilizados

 

Nos ilustra el gran maestro Arturo Jauretche en su genial Manual de Zonceras Argentinas con la Zoncera Número 1 “Civilización o Barbarie” emulando a Sarmiento, que según este prominente pensador y político argentino, le correspondía – a Sarmiento – la madre de todas las zonceras.

 

Sarmiento era un gran admirador del pueblo, que creía indudablemente como el más civilizado,  el pueblo norteamericano. 

Aún hoy día ciertos sectores dominantes, (un gran divulgador de la derecha más recalcitrante es el escritor Mario Vargas Llosa), siguen obnubilados y deseosos de parecerse a los paladines de la civilización, o más bien recibir las cuantiosas migajas que les tirarán si convalidan y ponen en práctica sus políticas liberales. Ahora bien, es entendible que dichos sectores promuevan el acercamiento al “gran país del norte”, no así para los comunes ciudadanos argentinos que, previo lavado de cabeza, también son férreos defensores de las políticas de dominación yanqui. 

Los civilizados norteamericanos son los que torturan presos políticos en Guantámano, son los que bombardean indiscriminadamente cualquier país que ostente llevar sobre sus cabezas un turbante, y  por el solo precio de quedarse con su petróleo, son los que para terminar una guerra no tuvieron piedad en matar 200 mil civiles con 2 bombas atómicas, son también los que dispusieron en su tierra de campos de concentración para japoneses o hijos de japoneses durante su participación en la segunda guerra mundial, son los que intervinieron en toda Latinoamérica proponiendo gobiernos genocidas de facto, son todo eso y mucho más, pero dejemos que lo exprese textualmente el militar más condecorado de los Estados Unidos, el Mayor General de infantería de Marina Smedley Butler, el más condecorado de los Estados Unidos:

Algunas veces la verdad asoma, alguien juzga sus propios actos, a alguna persona le pesan sus contradicciones.

Así parece ser con el Mayor General de Infantería de Marina de los EEUU Smedley Butler, quien al final de sus días, el peso de sus infortunios militares le valió un remordimiento, una condena, una crítica…

No hizo más que zafarse del lavado de cabeza que le practican a militares y civiles en el país del norte, y estas conclusiones sacó:

“Pasé treinta y tres años y cuatro meses en servicio activo y durante ese periodo ocupé la mayor parte de mi tiempo haciendo de matón de lujo para las grandes empresas, Wall Street y los banqueros. En definitiva fui un maleante, un gangster del capitalismo. Ayudé a hacer México, y especialmente Tampico, un lugar seguro para los intereses de la American Oil en 1914. Ayudé a hacer de Haití y Cuba lugares decentes para que los chicos del National City Bank obtuvieran beneficios en ellos. Ayudé en el expolio de media docena de repúblicas centroamericanas en beneficio de Wall Street. Ayudé a purificar Nicaragua para el International Banking House de los hermanos Brown entre 1902 y 1912. Llevé la luz a la República Dominicana para los intereses azucareros americanos en 1916. Ayudé a hacer Honduras bueno para las compañías frutícolas americanas en 1903. En China en 1927 ayudé a que la Standard Oil hiciera sus negocios sin ser molestada. La verdad es que, reflexionando sobre aquellos años, podría haberle dado algunos consejos a Al Capone. Lo mejor que él consiguió fue hacer sus negocios sucios en un par de distritos, yo los hice en tres continentes.”

(Tomado del libro del Gral. Butler Conocido como War is a Racket, La guerra es un Latrocinio de 1935)

Respecto al brutal exterminio producido por sendas bombas atómicas arrojadas al Japón escribía tiempo atrás lo siguiente:

A 70 años de un genocidio nunca reconocido

La cruel matanza de 200 mil civiles

Entre el 6 y el 9 de Agosto de 1945 cayeron sobre el Japón las 2 primeras bombas atómicas utilizadas contra el ser humano en la historia. Un recuerdo que jamás debemos olvidar, principalmente por la magnitud del exterminio que tal acto de barbarie produjo. En instantes fueron volatilizados 200 mil civiles inocentes. El ejecutor, el verdugo, nuestro vecino siempre impune, los Estados Unidos.

Unidos para doblegar al mundo, y si es necesario aniquilarlo para el mantenimiento de sus intereses. Esta es la realidad, indiscutible, aunque hoy después de tantos años se niega a reconocer que el uso de semejante arma fue innecesario. El argumento esgrimido es tan pueril y falaz que lástima los corazones de cualquier ser humano con una mínima cuota de racionalidad y humanismo.

Para contextualizar diremos que el Japón estaba completamente derrotado en aquel mes cuya fatalidad enlutó la especie humana. Que por la idiosincrasia de los japoneses no se rendirían por más amenazas que les hicieran. Tanto fue así que luego de las 2 bombas Japón no se rindió, lo hizo 2 semanas después por la avanzada soviética a la cual no pudieron resistir, y no, como argumentan los yanquis por el temor de que siguieran los exterminios por vía nuclear.

Cabe destacar que el exiguo poder de fuego de los japoneses en aquellas instancias impedía que propinaran mayores bajas a los aliados.

No pretendo justificar a los japoneses, pero sí pretendo des mistificar una acción que por más que la quieran tapar fue un auténtico genocidio. No se me ocurre otra calificación para el gobierno del país del norte que no sea el de asesino.

Una anécdota conocida pero poco divulgada cuenta que el blanco original de la bomba era una base militar. Cuando el enola guy, así se llamaba el bombardero que portaba la bomba atómica, sobrevolaba el espacio aéreo japonés por causas meteorológicas y falta de tecnología como la que hoy se dispone, no pudo identificar el blanco.

Dando vueltas en su búsqueda y a punto de quedarse sin el necesario combustible para el regreso los pilotos consultan sobre la situación a su comando y en respuesta reciben la orden de dejarla caer en donde más les plazca. Así de simple así de patética fue la actitud de la gran nación que pretende ser quien custodie el mundo.

El 6 de agosto de 1945 Hiroshima era destruida completamente.

Tuvieron tiempo de reflexionar sobre la masacre que habían cometido, sin embargo y en prueba de que les importaba un bledo asesinar a mansalva el 9 de agosto, 3 días después cometieron el segundo genocidio, arrojaron la segunda en Nagasaki. 

Harry Truman, Presidente de los Estados Unidos, quedará en la historia como uno de los asesinos más crueles, aunque aún se lo recuerde con los laureles de la victoria sobre el eje del mal, como llamaban en aquellos tiempos a los enemigos de los aliados.

Que la guerra mundial fue un despropósito y una aberración es indiscutible, pero sobre quien se lleva el mérito de la crueldad, compiten cuerpo a cuerpo los asesinos nazis y los asesinos yanquis y soviéticos.

Como conejillos de indias los japoneses pagaron caro su osadía de perturbar al coloso yanqui, permitiendo a estos últimos probar su más letal arma contra quienes les mojaron las orejas en Pearl Harbor.

Comprendamos que en las guerras no hay buenos y malos, todos son horrores y todos verdugos. Comprendamos también que la impunidad que mantuvo los EEUU queda plasmada en su persistencia en no reconocer que matar en segundos cientos de miles de personas inocentes es un crimen y no una necesidad para evitar males mayores, eso se llama mentir.

Lo que más me preocupa es que dicha potencia mundial, quien tiene según se estima por lo menos un 70% de todo el arsenal atómico del mundo, que es suficiente para aniquilar nuestro planeta 100 veces, sea el que nosotros creemos nos cuida de los locos suicidas que pueden llevarnos al fin de los tiempos.

Cuando tuvo la oportunidad de probar su humanidad lo hizo asesinando cosa que más se asemeja a la brutalidad extrema que a un custodio de nuestra continuidad como especie.

Sergio Daniel Boico

 

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